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Yo también me quiero indignar | David Díaz López | anexos

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Acerca de anexos


Este es un lugar que sirve de encuentro para gente de todos los tamaños, colores y formas, pero con un elemento común: una grave disfuncionalidad para llevar a cabo la sencilla - que no simple - tarea de pensar como los demás.
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Pero sobre todo, y tal como decía nuestro querido Gran Lebowski... "tómatelo con calma".


Yo también me quiero indignar

indignado
Hace unos días los medios de comunicación hacían eco de una noticia verdaderamente esperanzadora: científicos españoles (subrayo: españoles) desarrollan un nuevo tratamiento contra el Alzheimer. Según lo que he leído al respecto, se trata de una terapia preventiva basada en estimular al propio organismo para que destruya las placas de beta amiloide, estructuras anómalas causantes -en gran parte- de la enfermedad.

Este revolucionario tratamiento, que ya ha sido aceptado por la oficina de patentes de Estados Unidos y que en breve pasará a la fase de ensayo clínico, podría estar listo en unos 8 años. Los investigadores comentaban la relativa brevedad de este periodo de tiempo gracias a las características del tratamiento. Lo normal es que el desarrollo de un fármaco dure unos 16-20 años, desde las fases pre-clínicas hasta su aplicación.

Bien, al fin una buena noticia: un importante avance en la lucha contra una de las enfermedades más terribles del mundo occidental. Como en otros muchos casos, este logro se ha alcanzado gracias a la investigación desarrollada en un laboratorio. Como mencioné anteriormente, el desarrollo de un tratamiento como éste transcurre por estadios sucesivos, desde la investigación básica con ratones o cultivos celulares, a su última aplicación en humanos. La primera fase -la investigación básica- es, por tanto, fundamental para el desarrollo de todos los avances en biomedicina. Y gracias a esta investigación disponemos no sólo de modernas y revolucionarias terapias contra enfermedades hasta hoy incurables, sino también de otros muchos productos que ya consideramos cotidianos. Y no hablo sólo de antibióticos, vacunas, cremas y todo el acervo de medicamentos que se me puedan ocurrir. También hay que tener en cuenta los ordenadores, móviles, televisiones, iPods, iPads (seguro que en breve iPeds, iPids y iPuds), internet, aviones, barcos, coches, coches que consumen menos, coches que ya no consumen (espero que en breve también)… En definitiva, si disponemos del estado de bienestar en el que nos encontramos, ello es gracias a la investigación. De una forma u otra.

Ahora bien, para todo el mundo es fácil entender que una empresa -pública o privada- esté desarrollando algo como la susodicha terapia preventiva contra el Alzheimer. Al fin y al cabo, es la cura de una enfermedad. Lo mismo pasa con aquellos grupos que desarrollan un nuevo microprocesador que hará más rápidos y más pequeños los ordenadores que utilizamos a diario. Pero, ¿qué pasa con aquellos investigadores que trabajan con placas de cultivo, probetas o con unos y ceros? En definitiva, ¿qué pasa con la investigación básica? Muchos desconocen esta investigación por completo, y otros piensan que todas las personas que se dedican a este tipo de menesteres “lo hacen por afición o gusto”.

Y así nos va. Por una parte, está la teoría: se nos llena la boca (especialmente a los mandamases) de elogios hacia “aquella élite de una élite gracias a la cual avanza el mundo”. Por otra, la realidad: fuga de cerebros a otros países (con la consiguiente pataleta de los mandamases), inestabilidad laboral, empleo precario, incompatibilidad con la formación de una familia y un largo etcétera. Se habla de sueldos
mileuristas que son fáciles de relacionar con personas sin o con pocos estudios. No nos engañemos. Dentro de todos los titulados superiores mileuristas destaco especialmente a aquellos que se dedican a investigar. No es raro que un investigador predoctoral o un doctor posean una nómina de poco más de mil euros al mes (si es que llega). Al mundo no le importa, aunque sea la base de su desarrollo, y creo que es por falta de conocimiento. Cómo pretendemos dar a conocer lo que es la investigación básica si partimos de que una inmensa mayoría asocian a un “doctor” con un “licenciado en medicina” y no con una “persona que ha elaborado y defendido una tesis”.

Si bien sobre la divulgación de este conocimiento podríamos hablar largo y tendido, quiero ir acabando e ir al grano de mi reflexión. Está claro que, como dice el dicho popular, “quien no llora no mama”. Estamos viendo en las noticias cómo los profesores de secundaria protestan contra los recortes en educación con una serie de huelgas y manifestaciones. No voy a discutir si tienen razón o no en quejarse y en las motivaciones de su queja. Cada uno es libre de pensar lo que quiera. Lo que sí se debe reconocer es su derecho a protestar una vez que ven vulnerados sus derechos. Así pues, con una huelga de profesores los niños no van al cole (con el consiguiente trastorno para muchos padres), amén de los retrasos en el programa de educación anual. Golpe de efecto, señores. Algo parecido pasa con las huelgas de los empleados de los medios de transporte: el colapso de una ciudad o país. Siguiendo con este razonamiento, que se quejen los investigadores, que den un golpe de efecto también. Que hagan huelga. Sí, eso es verdad pero, ¿cómo? Si se sale a las calles, las manifestaciones pasan sin pena ni gloria como grupos de “frikis” que protestan porque su “hobby” está mal remunerado. Si hacen huelga… ¿A quién le importa? En primer lugar, si dejan de trabajar pueden ocurrir cosas tales como que se mueran sus cultivos celulares o los animales de experimentación, o que el proyecto te lo pise un grupo extranjero. De esta manera, meses –o años- de trabajo se irían a la basura (por eso las manifestaciones no suelen durar más de un día). Y lo que es más importante, a nadie le va a afectar que unos beneficios a largo plazo –véase el primer párrafo- se retrasen un día (incluyo en este pasotismo a los que más mandan, que puede que tras cuatro u ocho años ya no manden tanto).

Concluyendo: damas y caballeros, tengamos un poco en cuenta a todos estos trabajadores (subrayo: trabajadores), a los investigadores. Tengamos en cuenta su labor, los beneficios que reportan la investigación básica y aplicada por igual, el hecho de que –mal que nos pese- son el motor de cualquier país desarrollado. Y si esto no cambia, tal vez la solución sea hacer una huelga de 16 a 20 años de duración (tal vez con 8 baste). Así, quizá no tengamos más noticias de nuevas vacunas contra el Alzheimer y entonces nos empecemos a preocupar.