De tecnicismos y mercachifles

Como sugería entonces, la divulgación sería de gran beneficio para dichos investigadores, para el reconocimiento de su trabajo, para que cada vez se escuche menos el clásico “¿Y eso para qué sirve?”. Pero, esta vez quiero darle la vuelta a la tortilla.
Me refiero a la importancia para “el resto”.
En primer lugar, cae de cajón que gracias a la divulgación tenemos conocimiento de otros temas con los que no estamos familiarizados. Como poco sus rudimentos, saber “de qué van”. Está claro que el saber no ocupa lugar y además, al contrario de lo que opinan algunos, puede ser tremendamente útil. Me refiero a evitar que nos den gato por liebre en muchas situaciones.
Voy a barrer un poco para casa y a comentar el uso absurdo de tecnicismos, el empleo de la falsa ciencia, para vendernos todo tipo de productos y fármacos milagrosos. En efecto, a través de las diferentes estrategias de marketing y publicidad las distintas firmas comerciales tratan de ganarse al consumidor, tratan de hacer sus productos más atractivos. Si tenemos en cuenta que está de moda hablar de conocimiento, de desarrollo, de investigación (a algunos se les llena la boca) o de ciencia, el acompañar a dichos productos de algún epíteto científico –o lo que se cree que es científico- ayuda mucho a venderlos. Así términos como ADN, células madre, colágeno, retinol, queratina, ácido hialurónico, flora intestinal, bífidus y un largo etcétera, aun sin tener idea de su significado, son especialmente atractivos para el público. También venden mucho los productos (supuestamente) naturales, de “elaboración tradicional” y/o respetuosos con el medio ambiente. Por supuesto, todo producto debería de ser más o menos fiel a su publicidad; lógicamente, un zumo de naranja algo de naranja llevará (digo yo). Aunque no siempre esto es así, por ejemplo, el caso de cierta pulsera de goma con una chapa metálica. Según su publicidad, mejoraba la fuerza, la resistencia y no sé qué más a los instantes de ponértela. ¿A quién se le ocurre? Un trocito de metal no va a mejorar tus capacidades físicas y menos en unos minutos. Hombre, si fuese radiactiva, tal vez sí que pudiese provocar algo en poco tiempo, pero no precisamente saludable… Lógicamente, la empresa fabricante tuvo que retractarse pero, ¿cuántos miles de pulseras se vendieron?
Y hay casos más sutiles, como por ejemplo unas pastillas de “células madre vegetales activas”. Vaya, en este caso tenemos tres términos interesantes para el mercado: células madre (la panacea, todo el mundo habla de ellas, aunque no sepamos qué son realmente), vegetales (todo lo vegetal es bueno, ¡vive Dios!) y activas (la repanocha, oiga). En primer lugar, las células (madre o no) no pueden vivir en una pastilla, sino que requieren medios de cultivo específicos. Aunque pudieran vivir en dicha pastilla, al llegar al estómago los ácidos las destruirían. Y, finalmente, somos animales, señores, animales; por ello, las células madre vegetales no nos sirven para nada, no nos van a salir hojas en las orejas para hacer la fotosíntesis. De hecho, si quieren comer células madre vegetales activas, coman raíces tiernas ce cebolla, que están llenitas. Otro ejemplo indignante es el de aquellos productos en cuya etiqueta pone que no han sido probados en animales -el caso más flagrante que he visto es un pienso para perros, que no sé cómo lo probarían-. No nos engañemos, toda sustancia empleada para el consumo humano: medicamentos, cosméticos, colonias, terapias revolucionarias… TODOS han sido probados alguna vez en animales, por ley. Claro, el truco es el siguiente: la crema de manos “Manolita” no ha sido probada en animales; es posible que nadie haya untado a un ratón con la crema de manos “Manolita” en concreto. Vale, pero sus colágenos, ureas, ácidos hialurónicos, coenzimas, excipientes, colorantes y aromas SÍ que han sido probados alguna vez en algún animal.
Y hay muchos, muchos ejemplos más: las babas de caracoles y babosas, las bacterias de los yogures apellidadas de 37 formas diferentes, las cremas que interfieren con el ADN de la piel (en cuyo caso serían mutagénicas y, por ello, estarían prohibidas), los milagros de la soja… Nos cuentan verdades a medias disfrazadas con términos científicos que desconocemos pero que nos suenan. Así que, hala, a comprar sin pararnos a reflexionar tan sólo un poquito. No digo que toda esta publicidad sea falsa, ni mucho menos. Tan sólo que, es posible que si lo pensamos un poco, muchas veces un plato de garbanzos es igual de eficaz o más que los brotes de soja del herbolario. Y más barato.